Dos
paseantes distraídos han conseguido que el reloj de arena, de la pena, pare,
que se despedace y así seguir el rumbo que el viento trace. Ir y venir, seguir
y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase…
La trama más que el desenlace, Jorge
Drexler.
Desde siempre Azul ha sido
una maniática de los desenlaces. Cuando lee alguna novela no puede evitar brincarse
las páginas para así llegar lo antes posible al final de la historia. Sin
interesarse mucho en la trama.
Todos le han dicho que debería
ser lo contrario: “amar la trama más que el desenlace”, como dice la canción;
pero ella remilga y en vez de saborear los procesos, los contratiempos, el “que
tú que yo; que yo que tu”, Siempre prefiere anticipar el final. Eso de vivir el
momento, sin conocer lo que nos espera finalmente, ella no lo concibe. Su
teoría es que si uno no sabe lo que va a pasar, no tiene ningún chiste lo que
pase en el transcurso… si besa apasionadamente la tarde de hoy, y mañana su
chico no siente el mismo amor por ella, los besos se vuelven la maldición más
desgarrante, piensa.
Esta cualidad en Azul, le
quitaba cualquier porción de paciencia que pudiera tener por ahí escondida
detrás de la oreja, ese lugar que ni uno mismo se alcanza a ver.
“Tarde o temprano la vida le
va a enseñar”, pensaban todos los que la observaban; sus amigos, sus padres y
hasta sus maestros. Solo ella no sabía que lo vivido no es más que trama, sin
desenlace, aún.
En la cuestión del amor no
había experimentado mucho, pues cada relación que iniciaba, lo hacía por
presiones de sus amigas que le decían que no podía estar así todo el tiempo,
que diera una oportunidad, y ella lo hacía. Nunca duraron más de dos semanas, ese
transcurso le resultaba inquietante, no encontraba nada, no veía un final
emocionante.
Así había sido siempre,
hasta sus 21 años en que ella misma notaba algo extraño en su carácter. Había
conocido unos meses antes a un músico
(no identificaba otro origen de aquel cambio).
Con él tomó un gusto repentino por el café y las salidas vespertinas a
caminar. Advertía una sensación extraña, pero no sabía que lo que en realidad
sucedía, era que con Óseamar empezaba a disfrutar el transcurso de una plática
tranquila. Cuando fue a uno de sus conciertos, cosa más extraña: no quería que
se terminara. Le parecía que la música era la única manera satisfactoria de no
odiar la trama. Lo sabía, inconscientemente, claro.
Entre pláticas, cafés y
caminatas, después de siete meses, Azul esperaba que él la sorprendiera con la
canción que habían creado los dos. No había fallos, era el día. Ella estaba en
casa pero hablando con él, que no había sabido disimular la sorpresa. Era
noche, las 9:2_. Sabía que alguien iría por ella a casa y dejaría las tareas
porque ese alguien la llevaría con los ojos vendados al espejo de agua que tendría
veladoras y un piano que Óseamar estaría tocando y al terminar su canción, los dos
confesarían la razón de los abrazos y besos que hasta ese día escondían.
Seguían
escribiéndose. “No actúa pronto”, pensaba Azul. La incertidumbre de no saber el
desenlace de aquel esperado deseo, comenzaba a asecharla junto con el miedo de
pensar que quizá aquel revoloteo de mariposas en su vientre solo lo sentía ella
y desde siempre solo ella.
Sin
saberlo, anhelaba lo que antes no: la historia en la que ella y él fueran la
trama eterna.
Nadie llegaba, Óseamar no decía nada y Azul
comenzaba a deshacer sus ilusiones para no toparse con dureza. Solo tenía la
seguridad de algo: que él la quería con un cariño especial, pues nunca dejó de
frecuentarla, siempre estaba ahí, atento, llamando, invitándola a amar el
tiempo que en cualquier momento podría detenerse. A ella la encantaba; y en ese
trozo de tiempo se dio cuenta de que ya no podía desengancharse de él. Estaba
ahí.
Era perceptible, a los sentidos de quienes los
conocían, que los dos querían tener algo juntos. Algo que no sabían exactamente
qué, pero que los hacía tomase de las manos y caminar por las calles
sintiéndose unidos.
Azul; siempre desesperada,
siempre impaciente, resolviendo sus encrucijados pensamientos, crucificándose
ella sola y entristecida, se había quitado la idea de una sorpresa. Sin embargo
él estaba preparándolo todo, con un poco de temor, paciencia y sin prisas. No
era algo maravilloso como ella esperaba, no era una canción interpretada por
él, no iría nadie por ella para llevarla al palacio donde el espejo de agua.
Todo era más sencillo.
El plan comenzó a desarrollarse
por parte de Óseamar y sus amigos a las 12:24am. Los separaba una distancia
considerable, ellos terminaban de tocar en el Callejón del cariño y ella estaba en su casa, despierta, frente a
su computadora. Y sí, camino a casa de azul iba.
En el trayecto le hicieron
saber lo felices que estaban, pues veían en ella una posibilidad de que Óseamar
encontrara un apoyo cálido y lo mismo en
él.
En el estuche de su instrumento llevaba un
pañuelo en el que le había escrito algunas palabras y que le daría en unos
minutos. Aun no sabía la manera en que le haría saber su deseo, pensaba que
quizá lo mejor era lo más sincero. Así que dejaría fluir la música.
Azul no se imaginaba nada de
lo que sucedería en muy poco tiempo. En su ciudad se respiraba desde hacía unos
meses un ambiente pesado, diariamente había muertes, diariamente el mal se
escuchaba más que el bien y en un instante sonó un silencio amargo, acompañado
después del sonido de varias sirenas de patrullas y ambulancias, cada vez
estaban más cerca de ella.
Poco a poco se estremecía y
se le helaba la piel como nunca. Disparos, y al final, un gran estallido.
Afuera de su casa el movimiento era intenso, escuchaba voces desesperadas que no
distinguía en un principio.
Después de asimilar aquella
música, triste se asomó a su ventana que reflejaba la luz de las sirenas. Estaba
ahí el coche de Óseamar. Con los vidrios rotos y los instrumentos en el concreto
de la calle; piano y algunas partes de la batería. Su garganta se secó sin
poder emitir siquiera un gemido, sus lágrimas corrieron extraviadas, no salió a
la calle.
Fue el desenlace más crudo de su existencia.
Pasaron las horas y la mañana comenzaba a asomarse, el movimiento había cesado
en la calle y la noticia estaba en todos los periódicos, programas de radio y
televisión… Azul no veía ni escuchaba nada, era un alma inerte. Le escribía
como si él le contestara cada mensaje, y así estuvo dos días, hablando con él
sin hablar, escuchándolo sin escuchar, solo le quedaban los discos que le había
regalado y su canción.
De pronto, en el sueño vio
un pañuelo blanco que decía: <<DESPIERTA>>.
Eran las 6:00a.m. Cuando, bañada
en sudor, Azul se despertó para ir a la escuela. Segura estaba que ese había
sido el sueño más crudo entre los que lograba traer a su mente una vez
despierta, ya que comúnmente, al amanecer no se acordaba de los sueños. Respiró
profundamente y se tranquilizó, ya todo había pasado y había sido mentira.
Como
de costumbre, antes de comenzar el rito de preparación para ir a estudiar, abrió al azar su libro de cabecera del mes
correspondiente, mayo, y leyó un dialogo cualquiera:
-Me
gustas porque junto a ti puedo sentirme en la línea que divide el peligro del
refugio- le dijo Lucas entre sábanas.
A lo
que Estela respondió: - Porque te beso y me sabes a gloria, y dejo de besarte y
me sigues sabiendo a gloria que sé, de antemano, que puede terminar algún día.
-Cualquier
día: ahora, mañana o nunca. Eso también es posible.
- Sí,
lo es. Que jamás crucemos la línea hacia el peligro de encontrarnos como nunca
nos hemos visto, ausentes uno del otro y con retales de alegrías
descalcificadas…- Le respondió con tono melancólico.
- Todo
esto es cierto, pero ahora no importa Telita. Junta más tus pies a los míos
porque tengo frío.
Azul
concluyó:
-Hasta nunca, desenlaces.
Dalia García.
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