Varios
años después vino el café, el sillón, la cama, las tardes
literarias con (no tan) amigos, la mesita donde la taza dejaba motas de
agua pintada de esas que a veces resbalan por los bordes de la orfebrería, o de
algunos labios torpes que no saben encerrar el liquido entre ellos; la hora "perdida" que se da cuando
no puedes dejar de leer el capítulo 20 de un libro y de pronto estas en el 25, de
pronto a La Maga la viola un negro, Ulises regresa con Penélope, Avellaneda se
halla a Santomé en un café, de pronto García Márquez te dice: "...todo lo
escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las
estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad
sobre la tierra", de pronto !pum! hoja en blanco, hoja en blanco,
"este libro se terminó de imprimir...", contraportada, y
dependiendo de la novela, un sabor alegre, dulce, amargo, triste, una sonrisa,
una mueca de insatisfacción. Tengo una tendencia a mentir, disculpen, terminar
un libro siempre es satisfactorio, sea bueno o malo, si es bueno pues porque la
experiencia es agradable, y si es malo pues porque al menos ya terminó.
Y para eso es este pequeño espacio: para que los amantes de
la lectura puedan leer nuevas propuestas, si algún día dan vuelta a una página
y no hallan sino aire, tengan letras donde refugiarse. Y para que los
escritores planten en la mente de los lectores un cuento, un poema, un ensayo,
o algún pensamiento. Siéntanse libres de ir a la cocina a
servirse una taza de café para recorrer las páginas ficticias pero
reales de este blog, o de sentarse frente a su computador en el establecimiento
cafetalero de su preferencia. Y pues recuerden: "Los que no leen se suicidan intelectualmente". Tengan
esto en mente y quizá algún día podamos decir junto con el gran, gran Saramago: “Al día
siguiente no murió nadie”.