miércoles, 29 de agosto de 2012

Al día siguiente no murió nadie...

No sé cuando decidí que me gustaba escribir, mucho menos recuerdo el día en que decidí que me gustaba leer. Miento, decidí que me gustaba leer cuando una pequeña novela de Robert Louis Stevenson se me atravesó en el camino, como en tercero de primaria, mientras la maestra enseñaba una de esas cosas útiles a las que no vemos sentido, me enfrasqué en ese librecillo que contaba una historia muy fácil y atractiva que a ratos se me olvida, pero que hizo desaparecer de mi alrededor el salón de clases , el ruido,  los niños que anotaban cosas desaforadamente en sus cuadernos forrados con cariño por sus madres. De pronto solo había letras. La vida es letras, me di cuenta entonces.

 Varios años después vino el café, el sillón, la cama, las tardes literarias con (no tan) amigos, la mesita donde la taza dejaba motas de agua pintada de esas que a veces resbalan por los bordes de la orfebrería, o de algunos labios torpes que no saben encerrar el liquido entre ellos;  la hora "perdida" que se da cuando no puedes dejar de leer el capítulo 20 de un libro y de pronto estas en el 25, de pronto a La Maga la viola un negro,  Ulises regresa con Penélope, Avellaneda se halla a Santomé en un café, de pronto García Márquez te dice: "...todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra", de pronto !pum! hoja en blanco, hoja en blanco, "este libro se terminó de imprimir...", contraportada, y dependiendo de la novela, un sabor alegre, dulce, amargo, triste, una sonrisa, una mueca de insatisfacción. Tengo una tendencia a mentir, disculpen, terminar un libro siempre es satisfactorio, sea bueno o malo, si es bueno pues porque la experiencia es agradable, y si es malo pues porque al menos ya terminó.

Y para eso es este pequeño espacio: para que los amantes de la lectura puedan leer nuevas propuestas, si algún día dan vuelta a una página y no hallan sino aire, tengan letras donde refugiarse. Y para que los escritores planten en la mente de los lectores un cuento, un poema, un ensayo, o algún pensamiento. Siéntanse libres de ir a la cocina a servirse una taza de café para recorrer las páginas ficticias pero reales de este blog, o de sentarse frente a su computador en el establecimiento cafetalero de su preferencia. Y pues recuerden: "Los que no leen se suicidan intelectualmente". Tengan esto en mente y quizá algún día podamos decir  junto con el gran, gran Saramago: “Al día siguiente no murió nadie”.



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